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Este capítulo argumenta que la creencia genuina requiere una tarifa de entrada y simetría entre lo que pagas y lo que recibes. Taleb ilustra esto a través de su experiencia rompiendo el ayuno ortodoxo griego de Cuaresma, donde abstenerse de productos animales hace que uno se sienta con derecho a celebrar la Pascua—la exhilaración del agua fresca cuando tienes sed. Has pagado un precio. El principal defecto teológico en la apuesta de Pascal es que la creencia no puede ser una opción gratuita; las reglas de piel en el juego entre humanos también se aplican en nuestra relación con los dioses. El autor describe su visita a la iglesia de San Sergio en Maaloula, un pueblo de habla aramea donde los niños aún hablaban el idioma antiguo que usó Cristo. El altar de la iglesia contenía un drenaje para sangre, reciclado de una práctica pre-cristiana anterior cuando el edificio era un templo pagano. Los primeros cristianos eran esencialmente paganos; antes del Concilio de Nicea, comúnmente reciclaban altares paganos y compartían lugares de culto con judíos y otros seguidores de cultos semíticos. La presencia de santos en el cristianismo proviene de este mecanismo de reciclaje. En el mundo pagano del Mediterráneo oriental, no ocurría adoración sin sacrificio. Los dioses no aceptaban charla barata—todo era sobre preferencias reveladas. Las ofrendas quemadas se quemaban precisamente para que ningún humano las consumiera, aunque los sumos sacerdotes obtenían su parte, haciendo que el sacerdocio fuera bastante lucrativo ya que los oficios a menudo se subastaban. El sacrificio físico se aplicaba al Templo de Jerusalén y a los primeros cristianos. Hebreos 9:22 afirma: "Y casi todas las cosas son por la ley purificadas con sangre; y sin derramamiento de sangre no hay remisión." El cristianismo eventualmente eliminó la idea de tal sacrificio bajo la noción de que Cristo se sacrificó por otros. Durante los servicios dominicales de la iglesia católica u ortodoxa, ves un simulacro: vino representando sangre que al cierre de la ceremonia se vierte en la piscina (el drenaje), exactamente como en el altar de Maaloula. Cristo instituyó el sacrificio eucarístico de Su Cuerpo y Sangre en la Última Cena para perpetuar el sacrificio de la Cruz a lo largo de los siglos hasta Su regreso. El sacrificio se volvió metafórico, con Romanos 12:1 apelando a los creyentes a "presentar sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que es su culto espiritual." El judaísmo experimentó la misma progresión: después de la destrucción del Segundo Templo en el siglo I d.C., los sacrificios animales terminaron. La parábola de Isaac y Abraham marca la partida progresiva del sacrificio humano por las sectas abrahámicas mientras insiste en la piel en el juego. Dios probó la fe de Abraham con un regalo asimétrico: sacrifica a tu hijo por mí. Esto no era el dar usual de cosecha a los dioses para beneficios futuros con expectativas recíprocas tácitas—era la madre de todos los regalos incondicionales a Dios, no una transacción sino la transacción para terminar todas las transacciones. Aproximadamente un milenio después, los cristianos tuvieron su última transacción. El filósofo Moshe Halbertal sostiene que después del simulacro de Isaac, los tratos con el Señor se convirtieron en intercambio recíproco de regalos. Pero ¿por qué continuó el sacrificio animal por un tiempo? Maimónides explica que Dios no proscribió inmediatamente la práctica entonces común porque "obedecer tal mandamiento habría sido contrario a la naturaleza del hombre, que generalmente se aferra a aquello a lo que está acostumbrado." En su lugar "transfirió a Su servicio lo que había servido como adoración de seres creados." El sacrificio animal continuó—en gran parte voluntario—pero no como adoración de animales o propiciación de deidades mediante soborno, como se practicaba en Arabia hasta el siglo VI. El capítulo concluye que en los lugares de culto judeocristianos, el punto focal donde está el sacerdote simboliza piel en el juego. La noción de creencia sin sacrificio—prueba tangible—es nueva en la historia. La fuerza de un credo no descansaba en la evidencia de los poderes de sus dioses, sino en la evidencia de piel en el juego por parte de sus adoradores. El amor sin sacrificio es robo, aplicándose a cualquier forma de amor, particularmente el amor de Dios.