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Mi mejor amigo fue a visitarme al hospital después de un accidente que tuve al divorciarme de mi ex esposo. Fue ahí cuando lo entendí, después de 3 matrimonios fallidos, el único que en verdad me amó, era él. El sonido de la carcajada de Santi todavía me retumba en el pecho como si fuera una alarma del hospital que nadie se molesta en apagar. Yo estaba en una camilla, con el cuerpo hecho pedazos, y él se rió como si le hubiera contado un chiste. Luego se dio la vuelta y me dejó ahí, con la mano extendida y la certeza de que algo que debía estar sellado se estaba escapando. Yo me llamo Natalia, y por mucho tiempo me vendí la idea de que el amor no es una emoción, es una prueba. No una prueba romántica y cursi de esas de “si me amas, tráeme flores”, sino un examen serio, de los que determinan quién merece entrar a tu vida y quién solo quiere entrar a tu cama o a tu comodidad. Me he equivocado antes, sí, pero no por falta de criterio, sino porque el mundo está lleno de gente que jura que te ama hasta que les toca demostrarlo. Santi siempre estuvo ahí desde antes de que yo entendiera lo que significaba “estar ahí”. Crecimos casi pegados, como esos amigos que se conocen tanto que la gente asume cosas sin preguntar. En el colegio él era el que me guardaba puesto, el que me esperaba cuando yo me tardaba arreglándome, el que se sabía mis dramas antes de que yo los pudiera ordenar en palabras. A mí me gustaba esa sensación de tener un testigo permanente, alguien que viera mi vida y no huyera. Cuando empecé a salir con hombres de verdad, hombres que parecían prometer futuro, Santi se volvió mi centro de control. Yo le contaba todo: las citas, los mensajes, las frases bonitas, las red flags que yo fingía no ver. Él escuchaba con una paciencia que a veces me parecía sospechosa, porque nadie se queda tanto tiempo escuchando el mismo patrón a menos que tenga una razón. Yo, en ese momento, pensaba que su razón era obvia: estaba enamorado y no podía evitarlo. A Santi le gustaba hacerme favores con una naturalidad peligrosa. Si yo lloraba, aparecía con comida. Si yo necesitaba un consejo, se lo inventaba aunque no supiera. Si yo tenía un evento, él ya estaba ahí con una silla “por si acaso”. 0:00 Historia principal 7:29 Comentarios de la historia principal 8:40 Actualización 1 14:29 Comentarios de la actualización 1 15:46 Actualización 2 23:01 Comentarios de la actualización 2 24:23 Actualización 3 29:40 Comentarios de la actualización 3