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Mi esposo me está pidiendo que lo espere con la cena hecha, según el, porque trabajar 12 horas lo cansa al pobre. Yo no haré nada, el debería llegar a cocinarme a mi después de su trabajo. Cuando lo vi entrar por la puerta con esa cara de mártir, entendí que venía con guerra. No venía a saludar, ni a abrazarme, ni a preguntarme cómo estaba; venía a fiscalizar el aire, la luz de la sala y, sobre todo, la ausencia de olor a comida. Se quedó parado en el umbral como si yo le debiera una explicación por existir en paz, y en ese segundo supe que esto iba a terminar feo, porque yo no nací para ser la empleada de nadie y menos de un hombre que se cree héroe por trabajar. Yo no voy a decir que esto empezó ahí, pero sí voy a explicar cómo se fue pudriendo todo. Alberto y yo nos conocimos en una convención de ventas, de esas donde todos fingen que aman lo que hacen y se sonríen como si la vida fuera una presentación de PowerPoint. Yo estaba con un vestido sencillo pero bien pensado, porque sé cómo se mueve el mundo: la gente respeta lo que se ve. Él se me acercó con ese aire de hombre que se cree seguro porque vende cosas y sabe hablar, y me preguntó mi nombre como si fuera el inicio de una historia que él ya tenía planeada. Me cayó bien al principio, porque no era de esos que te miran como un trofeo silencioso, sino que parecía genuinamente interesado en impresionarme. Y sí, me impresionó, no por magia, sino porque se esforzó, que es lo mínimo. La primera semana fue una demostración continua de que él entendía el lenguaje correcto del afecto: detalles caros, cenas de lujo, reservas en esos restaurantes donde el menú parece poema y las sillas cuestan más que la renta de algunas personas. Me trataba como si yo fuera la prioridad, como si mi descanso fuera parte de su identidad. Me decía que su mayor placer era verme feliz y descansada, y yo no lo interpreté como una promesa exagerada, lo interpreté como un contrato emocional. Si un hombre se presenta como proveedor de experiencia, de calma, de mimo, pues entonces eso es lo que es. A mí no me engañó nadie; él se vendió así, y yo compré lo que vi. Con el tiempo, nuestra vida se volvió un desfile cómodo. Yo organizaba la casa como me gustaba, elegía lo que se compraba, decidía las salidas, y él parecía feliz de estar en ese rol de hombre atento. 0:00 Historia principal 8:12 Comentarios de la historia principal 9:17 Actualización 1 15:50 Comentarios de la actualización 1 17:00 Actualización 2 25:01 Comentarios de la actualización 2 26:09 Actualización 3 33:31 Comentarios de la actualización 3